Hacía varios años que esperaba el momento. Ser confidente silenciosa nunca me ha sido nada fácil.
De la última vez que los había visto habían pasado veinte años, por eso supe que ése era el momento oportuno, tenían que volver a ver.
Veinte años de no verlos y siete de completa soledad, aguardando.
Ese día hubo faltantes. Cuando escuché la cerradura y los pasos de la vida, me sentí renacer aunque fuese esa, y lo sabía, la última vez que estaría con aquellos seres maravillosos.
Recordé más, más y más secretos; amores, amistades y, también, aquellos enojos pueriles.
Besos, corazones…
Lágrimas…
Una, dos puertas; en la tercera entramos. Era una reunión.
Poco a poco fui agudizando mis sentidos: primero la escuché a ella, luego a él y, entonces, volvía a ver lo que no se ve porque las letras que habían escrito sobre mí comenzaron a dolerme, porque a pesar de que él estaba con otra y ella con otro, “Hernán y Lionella” volvieron a mirarse, vieron sus nombres sobre mí.
En unas horas me habrán desarmado completamente pero sé que sólo será cambiar de forma, tengo la certeza de que “nada se pierde, todo se transforma”. Eso me lo enseño el machete de ¿química? de Francisco. Francisco, aquel otro joven que conocí poco después. El que…